En mi práctica debo reivindicar varios aspectos que influyen directamente en mi formación como docente y en el ambiente de aprendizaje que hago en el aula.
En primer lugar, la forma en la que evalúo. No debo limitarme únicamente a poner calificaciones, sino a buscar que la evaluación sea justa, constante y formativa, de modo que los estudiantes comprendan en qué están avanzando y en qué necesitan mejorar.
También es necesario reflexionar sobre el trato que les doy a mis alumnos. En ocasiones los trato como amigos y eso me lleva a perder cierta autoridad. Debo encontrar un equilibrio entre cercanía y respeto, de tal forma que ellos se sientan en confianza, pero sin confundir los límites que existen entre docente y estudiante.
Otro aspecto es la forma en la que me dirijo a ellos. El lenguaje y el tono que utilizo deben ser claros y respetuosos, ya que con mi manera de hablar no solo transmito conocimientos, sino también valores.
Además, debo mejorar en cuestiones más prácticas del día a día, como el control de los permisos para ir al baño. En ocasiones los alumnos abusan de estas salidas y eso interrumpe la dinámica de la clase. Necesito establecer reglas claras para que ellos comprendan que es un derecho, pero también una responsabilidad que debe ejercerse con seriedad.
También debo reivindicar la revisión de tareas. A veces no le doy el seguimiento necesario y eso provoca que los alumnos no vean la importancia de cumplir con sus responsabilidades. Revisar con constancia, dar retroalimentación y reconocer el esfuerzo son acciones que fortalecen el hábito de estudio en ellos.
La organización del tiempo de clase es otro punto a considerar. En ocasiones me extiendo demasiado en una actividad y eso afecta el desarrollo de los demás contenidos planeados. Aprender a distribuir el tiempo de manera equilibrada me permitirá aprovechar mejor cada sesión.
Asimismo, debo reconocer la importancia del uso de material didáctico. Casi no lo utilizo y eso limita el interés y la motivación de los alumnos. El material didáctico es una herramienta que facilita la comprensión, hace las clases más dinámicas y ayuda a que los estudiantes participen de manera activa en su propio aprendizaje.
Por último, debo reivindicar la manera en la que manejamos la disciplina en el aula. No se trata únicamente de llamar la atención cuando se rompe una regla, sino de establecer acuerdos desde el inicio, ser constante y dar ejemplo con mi propio comportamiento.
Los cambios que debo de hacer para seguir mejorando mi práctica docente
Soy un docente en formación cuya identidad se construye desde la autenticidad, la cercanía y la energía positiva dentro del aula. Mi presencia se caracteriza por una postura firme pero respetuosa, acompañada de entusiasmo y un lenguaje que se adapta al contexto sociocultural de mis estudiantes. Esta combinación me permite generar un clima de confianza donde el vínculo con el grupo es palpable, como se evidencia cuando un alumno tomó la iniciativa de excusarme ante un observador, mostrando lealtad y sentido de pertenencia. Mi práctica se fundamenta en reconocer los intereses reales del alumnado y utilizarlos como punto de partida para promover una participación activa y significativa. Temas como el fútbol o situaciones cotidianas se convierten en motores de motivación que facilitan el compromiso con la actividad. Además, recurro a dinámicas de movimiento y juegos de control cognitivo que permiten regular la energía natural de los niños y mantener el enfoque después de momentos de alta intensidad, como el recreo o el cierre de un debate.
Organizo el aula de manera estratégica para favorecer el diálogo y la confrontación respetuosa de ideas; por ejemplo, al dividir al grupo en dos equipos en un debate, promuevo no solo el intercambio argumentativo sino también la construcción de identidad colectiva. Utilizo un estilo de comunicación directo, que el grupo acepta con naturalidad, y me apoyo en el humor y en expresiones cotidianas que fortalecen la cercanía sin perder el respeto. A la vez, soy consciente de mis áreas de mejora: la enseñanza explícita del turno de habla, la regulación del volumen grupal y la clarificación ética de que se critican ideas y no personas. Estas oportunidades representan para mí un compromiso continuo con el cuidado del lenguaje, la modelación de la convivencia y la formación ciudadana.
Concibo la educación como un espacio profundamente humano donde se entrelazan emociones, cultura, conocimiento y vínculos. Creo en una educación que reconoce la voz del estudiante, que lo involucra en la toma de decisiones, que valida sus saberes y que transforma el aula en un lugar seguro para expresarse. Entiendo que enseñar no es solo transmitir contenidos, sino acompañar, orientar y crear experiencias significativas que formen personas capaces de dialogar, escuchar, argumentar y convivir. Desde esta visión, mi tarea docente se convierte en una oportunidad para construir, junto con mis estudiantes, un aprendizaje que sea participativo, memorable y afectivamente significativo.
Análisis hermeneútico de mi reflexión
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